RAQUEL QUINTO
¿Para qué sirve la utopía?, para caminar...
Nov 04 Necesidad de contacto
“Ser cargados, acunados, acariciados, tocados, masajeados; cada una de estas cosas es alimento para los niños pequeños. Tan indispensable, si no más, que vitaminas, sales minerales y proteínas. Si se lo priva de todo eso y del olor y del calor y de la voz que tan bien conoce, el niño, aunque esté harto de leche, se dejará morir de hambre.”
Del libro “Shantala”, de Frédérique Leboyer.
Oct 19 Libertad de opción - 選択の自由 (sentaku no jiyuu)
“El era un profesor comprometido y estricto, conocido también por sus alumnos como hombre justo y comprensivo.
Al terminar la clase de fin de año, mientras el maestro organizaba unos documentos encima de su escritorio, se le acercó uno de sus alumnos y en forma desafiante le dijo: –Profesor, lo que me alegra de haber terminado la clase, es que no tendré que escuchar más sus tonterías y podré descansar de ver su cara aburrida.
El alumno estaba erguido, con semblante arrogante, en espera de que el maestro reaccionara ofendido y descontrolado.
El profesor miró al alumno por un instante y en forma muy tranquila le preguntó: –¿Cuando alguien te ofrece algo que no quieres, lo recibes?
El alumno quedó desconcertado por la calidez de la sorpresiva pregunta. –Por supuesto que no– contestó de nuevo en tono despectivo el muchacho.
–Bueno– prosiguió el profesor– cuando alguien intenta ofenderme o me dice algo desagradable, me está ofreciendo “algo”. En tu caso, es una emoción de rabia y rencor, que puedo decir no aceptar.
–No entiendo a qué se refiere– dijo el alumno confundido.
–Muy sencillo– replicó el profesor– Tú me estás ofreciendo rabia y desprecio y si yo me siento ofendido o me pongo furioso, estaré aceptando tu regalo. Y yo, mi amigo, en verdad, prefiero obsequiarme mi propia serenidad.
–Muchacho–concluyó el profesor en tono gentil– La vida nos da la libertad de amargarnos o ser felices. Tu rabia pasará, pero no trates de dejarla conmigo porque no me interesa. Yo no puedo controlar lo que tú llevas en tu corazón, pero de mí depende lo que yo cargo en el mío.
Cada día, en todo momento, tú puedes escoger qué emociones o sentimientos quieres poner dentro de tí, y lo que elijas lo tendrás hasta que decidas cambiarlo, porque es tan grande la libertad que nos da la vida, que hasta tenemos la opción de amargarnos o de ser felices”.
Este cuento japonés, leído en una japonesa en Japón me encantó, porque creo que es una gran verdad eso de que nos cargamos muchas veces con cosas de otros que no nos pertenecen, y en definitiva, les damos el poder de influir en nuestro estado de ánimo, cuando en realidad, ésas emociones negativas pertenecen al otro, que las proyecta en nosotros para aliviar su propia frustración… Espero que este pensamiento os ayude a elegir no coger lo que no os pertenece, para que nadie tenga el poder de tambalear vuestra serenidad…
Buena suerte!!
May 25 Teología
“El catecismo me enseñó, en la infancia, a hacer el bien por conveniencia y a no hacer el mal por miedo. Dios me ofrecía castigos y recompensas, me amenazaba con el infierno y me prometía el cielo; y yo temía y creía.
Han pasado los años. Yo ya no temo ni creo. Y en todo caso, pienso, si merezco ser asado en la parrilla, a eterno fuego lento, que así sea. Así me salvaré del purgatorio, que estará lleno de horribles turistas de la clase media; y al fin y al cabo, se hará justicia.
Sinceramente: merecer, merezco. Nunca he matado a nadie, es verdad, pero ha sido por falta de coraje o de tiempo, y no por falta de ganas. No voy a misa los domingos, ni en fiestas de guardar. He codiciado a casi todas las mujeres de mis prójimos, salvo a las feas, y por tanto he violado, al menos en intención, la propiedad privada que Dios en persona sacralizó en las tablas de Moisés: No codiciarás a la mujer de tu prójimo, ni a su toro, ni a su asno…Y por si fuera poco, con premeditación y alevosía he cometido el acto del amor sin el noble propósito de reproducir la mano de obra. Yo bien sé que el pecado carnal está mal visto en el alto cielo, pero sospecho que Dios condena lo que ignora.”
De El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano.
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